
Gérmen de Dios, semilla del diablo
Angel Ruiz Cediel
Nacido en Madrid en 1955, en el corazón del signo de Libra y en conjunción con el sol, desde muy temprana edad muestro una particular inclinación por el mundo de las letras. Será prácticamente la única constante en una vida tal vez demasiado agitada que me fuerza a desconocer lo que es el aburrimiento. La inclinación literaria, sin embargo, siempre la llevé como una cuestión íntima y muy personal, algo con lo que había nacido, quién sabe si porque me quedaron algunos asuntos pendientes en mi vida anterior. En cualquier caso, al menos en los primeros años, es algo para mí tan importante o tan carente de importancia como la lesión con la que ha nacido un malformado: lo normal, y, por ello mismo, me cuesta enórmemente comprender por qué se tienen tanta relavancia social quienes cuentan historias. Ser escritor, en consecuencia, es para mí tan natural como ver para un vidente o como acariciar con las manos como para quien no es manco. Tal vez por ello, mi literatura no pretende deslumbrar a nadie, ni el oficio es tan importante como para babear en pos de los favores de una vaca sagrada de la literatura o hacer felaciones a un agente literario o a un editor. Si al paso viniera, bueno y pase; pero de no ser así, santas y buenas: el mundo y la sociedad se lo pierde, porque yo ya tengo lo mío. Me importa el mundo de las ideas, transmitir la esencia de lo que veo o de lo que considero particularmente importante, sin buscar recompensa por ello. Mis héroes en la primera infancia -que los tuve-, eran criaturas esforzadas, más pertenecientes al orden de los sueños o al de las ideas que al de la carne (con patatas). Quizás por esta causa a la tierna edad de los cuatro años me expulsaron del colegio de pago que con grandes esfuerzos mis padres sufragaban. En la mnte de aquel niño que fui no era comprensible que hubiera otros chavales que no pudieran disponer de material escolar decente y que se vieran forzados a apurar los lápices hasta que les hacían llagas en las manos, cuando tan fácil era ir con un papelito a la librería del propio colegio (Mirasierra) y cambiarlo por novísimos cuadernos o lapiceros de dos colores sin estrenar. No; no había reinventado a Robyn Hood, pero sí la manera de encontrar mi sitio, un tanto marginal, autodidacta, extraña en esta sociedad sin Justicia. Un filón maravilloso que, años después, me sirvió para ser expulsado también del colegio de curas donde estudiaba (Col. Salesiano Santo Domingo Savio), en esta ocasión por "rojo", si por tal entendemos cuestionar la legitimidad de que nos hicieran tragar a trangullones misas, oraciones, novenas, procesiones y lo que se terciara, que no sé cómo nos quedaba tiempo lectivo para aprender ciertos rudimentos. ¡Así está España! En fin, ya que era "rojo", y seguramente reo del castigo eterno, me ví integrado de pleno derecho a los 16 años en el mundo laboral, relegando mi formación académica (o lo que sea) a las tardes, y pocas, que las chavalas estaban de un mírame y acariciamé si puedes que para qué cuento. Y tanto más con ciertos haberes en el bolsillo, lo que a uno le facilitaba en gran medida la ardua labor de conquista. ¡Lo que no logre el cúmquibus...! Lo que pasa es que uno no es listo, y en una de ésas, ¡zas!, que la chavala (que no era la mía) con la que salgo una noche, se queda embarazada. ¡Menudo lío! El don Juan de pechiglás que todos llevamos dentro combatió a muerte con el don Quijote que nos anima, y, tras muchos dimes y diretes -digo yo que seguramente por el karma que arrastro de vidas anteriores-, nada, que dejo al amor de mi vida (Alicia) y me caso a la tierna edad de 19 años recién cumplidos. Buena cosa y muy sensata, dirán muchos; pero se equivocan, porque la chavalita en cuestión no estaba embarazada ni Dios que lo pintó, sino que debía tener ganar de salir escopetada de casa y éste le pareció un buen argumento o una excusa que ni pintiparada. Lista, lo que se dice lista, como se ve, tampoco lo era. Mejor, así podría escribir desde una posición más estable (tampoco yo soy listo, ya se ve). La mili, la casi guerra del Sahara, la muerte de Franco y todas esas cosas, no eran muy compatibilizables con una vida matrimonial serena y con la preciosa nena que, ya puestos, vino un par de años después. España hervía en ideologías, combatían las sangres humildes por hacerse un hueco de dignidad en el ninguneo del Régimen, y, allá donde había lío, me gustaba estar en primera línea, siquiera fuera para vivir lo que por suerte he vivido. Y hubo de todo, no se crean, pero más que nada, palos, que menudos son los guardias, poco importa si de dictadura, democracia o lo que sea (ahora lo sé). Si ellos te daban un repaso por cualquier menudencia que te dejaban cantando el "Cara al sol" de lo reluciente, nosotros nos crecíamos ante el castigo y empujábamos por la extinción de la dictadura para -¡chasco!- esta cosa corrupta y repuganante que tenemos, llena de bichos bastante peores que aquéllos porque se disfrazan de dec

Angel Ruiz Cediel

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