Portada de Mao

Mao

La Historia Desconocida

Jung Chan

1032 páginas2006TaurusEspañolTapa blanda

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Sinopsis

La búsqueda de un “rostro humano” para el socialismo real fue uno de los actos de fe más recurrentes del siglo pasado. Por razones oscuras, el encontronazo con la realidad del universo soviético no provocó una desconfianza generalizada en el utopismo leninista, sino una compulsión por identificar en alguna de sus nuevas versiones una moral y una viabilidad imposibles dada su esencia apocalípticamente violenta y autoritaria. Esta esencia es la que convirtió en una nueva decepción a cada uno de los “rostros humanos” elegidos como emblemas de un socialismo blando. Para empezar, a Pol Pot, a quien sólo recordamos como el genocida que fue, pero en algún momento capaz de despertar alguna pasión en la academia francesa. O a la cúpula sandinista, con su bolchevismo latino, alivianado y honesto, que acabó por ser sacada a votos de la presidencia, por corrupta e ineficiente. O a Ho Chi Minh, hoy pasado de moda pero en su día muy querido pese a sus despiadadas técnicas guerrilleras. Desilusión a desilusión, gulag a gulag, poco queda de aquella exaltación deificadora. Aparte del Che, apenas sobrevive –y quién sabe– Fidel, cada día menos querido pero siempre sacado de las aguas con el estribillo aquel de que “Sin embargo no se pueden negar los logros de la Revolución”. Un estribillo que nadie repetirá para Mao Zedong, no luego de leer la devastadora biografía de Chang y Halliday. Y es que Mao fue, en efecto, un rostro emblemático del bolchevismo light, un ejemplo vivo de que “otro socialismo es posible”. En términos propagandísticos, su vida es una historia de éxito. Su primer gran biógrafo, Edgar Snow, atinó a construir un personaje que perduraría por décadas: un maestro-campesino justiciero pero sabio y ajeno a cualquier violencia excesiva, un militar abnegado y brillante, un poeta solitario y un líder igualitario duro pero esencialmente positivo para China, lastrada por siglos de injusticia. Enseguida vendría la conocida nómina de aplaudidores: Sartre, Beauvoir, un inverosímil Kissinger, y así hasta sus biógrafos recientes, que han propiciado la supervivencia de la buena imagen de Mao por aquello de que –sorpresa, sorpresa– sin embargo no se pueden negar los logros de la Revolución. Logros que, según muestran las investigaciones de Chang y Halliday, suman un total de cero, frente a una montaña de carnicerías, hambrunas, trabajos forzados, corrupción. Rara vez una biografía consigue retratar a un personaje tan extremada, sistemáticamente nefasto. Según se ha repetido desde la aparición de este volumen, sólo Hitler y Stalin lograron ser tan dañinos en todos los planos, y aun ellos palidecen ante muchos de los crímenes del Timonel. Esto explica que las reseñas sobre esta obra sean en buena medida catálogos de atrocidades, acaso el único modo de comunicar en qué medida el mito del Mao humanista queda desmontado en sus mil páginas. Si hasta ahora incluso los historiadores más críticos con su figura coinciden en que sus tareas de exterminio comenzaron tardíamente, los autores demuestran que ya en 1930 organizó una purga que se llevó por delante a decenas de miles de personas. Si su leyenda lo retrata como un talento militar natural, Mao / La historia desconocida retrata a un estratega incompetente y, lo que es peor, dispuesto a conducir al Ejército Rojo a emboscadas mortales siempre que conviniera a su lucha por el poder. ¿La Larga Marcha, el mito fundador del maoísmo, según la cual el futuro líder atravesó seis mil kilómetros a pie, sorteando astutamente a las tropas nacionalistas? Ahora queda claro que fue posible sólo porque la permitió Chiang Kai-shek, y que Mao la hizo llevado por sus porteadores, como un mandarín. ¿La idea de un líder espartano, austeramente revolucionario? Queda sustituida por la de un cínico que eludió siempre ese trabajo corporal que impuso hasta la sobredosis a toda la población, que coleccionaba casas, comía como un cardenal en medio del hambre masiva y dormía como una marmota. Para no hablar de su presunto rechazo a la violencia excesiva, supuesta línea divisoria entre él y, digamos, Stalin. Ahora sabemos que Mao fue, en realidad, un sádico que descubrió ya en sus días primeros en el Partido Comunista los deleites de la tortura (de viejo, se regalaba en sesiones con fotos y películas de los tormentos infligidos a los “traidores”). Por lo demás, todo su mandato fue una sucesión de intrigas terminadas en suplicios y ejecuciones, purgas y actos de humillación contra sus allegados. De esto, nunca tuvo suficiente: setenta millones de muertos, según el cómputo de Chang y Halliday, sirven como prueba. Todo un récord histórico. Comentario aparte merece la letanía de que su intervención logró salvar a China de la hambruna. Los episodios más dolorosos de Mao / La historia desconocida son justamente los que tienen que ver con el hambre, una plaga que el biografiado desató conscientemente. Incapaz de exportar cualquier cosa que no fuera un producto básico, China financió el delirante programa militar de

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ISBN 9789707704244Metadatos: Metadatos abiertos (Open Library, CC0/PD) · registro de origen